María Dolores Almeyda escritora natural de Sotiel Coronada. |
A esta hora y en el día
de hoy, seguro que están pasando muchas cosas. En alguna parte del mundo debe
estar sucediendo algo. Siempre suceden cosas. Pero aquí donde estoy, de repente
parece que el mundo ha detenido su actividad y solo se ha notado cuando el
silencio se ha visto interrumpido por algún frenazo brusco, o han cambiado los
ruidos a los que ya tenía acostumbrados los oídos por otros que hace tiempo no
escuchaba.
Pasa todos los días a la misma hora, pero hoy lo he
percibido especialmente como si el detalle hubiese hecho una raya en el aire y
cortado el mediodía por la mitad. Medio y día. Y en ese momento, mi día se ha
quedado detenido en un instante que me ha sacudido como una alfombra blanda y
deshilachada. Pasa cada día, pero hoy lo percibo de una forma distinta, como
nueva.
Una mancha
móvil y multicolor se acerca ruidosa por un lado de la calle y descubro
en ella a los chiquillos que están saliendo de un colegio cercano. Por otro
lado un grupo de albañiles detiene su faena y se sientan a la sombra, bajo los
soportales de la calle, mientras van sacando bocadillos y botellas de agua y de
cerveza de sus neveras de plástico portátiles azules y blancas. Por el olor que
me llega es fácil adivinar que a alguien se le ha quemado el aceite en el que
pensaba freír algún pescado o patatas para el almuerzo. Imposible saber de
quién se trata, de qué vecina viene el olor. La abuela Pepa pasea un perrito
con muchos pelos blancos ensortijados y rebeldes, mientras le habla,
insistiéndole en que haga sus necesidades, porque después ya no habrá remedio y
ella ya no piensa bajar de nuevo y hay de él si decide mearse en la maceta del
salón o en el paragüero de la entrada. La abuela Pepa, que sepamos, no es
abuela de nadie, -aunque es la abuela adoptada de toda la manzana-, cuando no
lleva a su perrito blanco por la calle, igual va hablando sola con su sombra o
sus difuntos, que para el caso a ella le da lo mismo. Una mujer con delantal y
zapatillas de andar por casa se apresura hasta la tienda de la esquina.
Seguramente se le olvidó comprar el pan. Sin duda se imagina o sabe a qué puede
enfrentarse si no hay pan calentito en la mesa cuando llegue el marido fatigado
de la obra, hambriento e irritable, necesitado de descargar su ira inaguantable sobre el más
mínimo fallo aunque tenga que inventárselo. Pues igual se lo inventa, y si no
es por la falta de pan caliente para comer, puede ser que el aceite se haya
requemado y todo en la casa huela a ajo frito.
Sucede cada día a la misma hora, pero solo hoy lo he percibido de una forma tan viva y tan latente. La vida es magistral cuando quiere enseñarte algo por lo que pass cada día sin verlo, sin advertirlo apenas.
No hay metáfora a este lado de la vida, ni posibles dobles lecturas en estas líneas, ni anécdotas ni argumentos. No sé por qué hoy, precisamente, he venido a fijarme en que la vida se ha detenido en el momento justo en que yo estaba contemplándola, para hacerme saber que sigue fiel a sus parámetros, y que eso que decimos que es la vulgaridad, la monotonía, la rutina, no es otra cosa más que la vida.
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